Impacto en la calidad del agua según el tipo de pozo
Más allá del caudal disponible, la elección entre pozo de barrena y pozo excavado influye de forma directa en la calidad del agua que llegará a la explotación. En acuíferos profundos, los pozos de barrena suelen ofrecer aguas más estables en cuanto a mineralización y menor presencia de contaminantes superficiales (nitratos, fitosanitarios, materia orgánica). En cambio, los pozos excavados, al captar capas más someras, son más sensibles a cualquier mala práctica en la finca o en parcelas colindantes.
En zonas de regadío intensivo, un pozo excavado próximo a parcelas abonadas con purines o fertilizantes nitrogenados puede presentar incrementos rápidos de nitratos tras episodios de lluvia. En cambio, un pozo de barrena que capte un acuífero confinado a 80–120 metros suele amortiguar esos picos de contaminación, aunque no está totalmente exento de riesgos si el acuífero está ya degradado a escala comarcal.
También varía la temperatura del agua: los pozos profundos suelen mantener temperaturas más constantes, lo que puede ser relevante para ciertos usos ganaderos (bebederos de vacuno lechero o porcino) donde los cambios bruscos de temperatura del agua pueden afectar al consumo de los animales.
Parámetros a vigilar en cada tipo de pozo
- En pozos de barrena: especial atención a la mineralización total (conductividad), dureza, hierro y manganeso, que pueden ser elevados en acuíferos profundos y generar incrustaciones en riego localizado o problemas de sabor en agua de consumo.
- En pozos excavados: mayor riesgo de turbidez, bacterias coliformes, presencia de materia orgánica y variaciones rápidas en nitratos y fitosanitarios tras lluvias intensas o avenidas.
En ambos casos, un programa de análisis periódico adaptado al uso (riego, consumo humano, ganadero o uso mixto) es clave para detectar a tiempo cualquier desviación y decidir si conviene reforzar la protección del pozo o incluso plantear una captación alternativa.
Comportamiento frente a sequías prolongadas
Las sequías recurrentes de los últimos años han puesto a prueba muchos sistemas de captación en el medio rural. La profundidad y el tipo de acuífero al que se accede con cada pozo marcan la diferencia entre mantener un riego de supervivencia o perder por completo la campaña.
Los pozos excavados, al depender de niveles freáticos someros, son los primeros en resentirse cuando la recarga natural disminuye. Pueden pasar de dar un caudal aceptable en primavera a prácticamente secarse a finales de verano, obligando a reorganizar turnos de riego o a priorizar cultivos. En cambio, los pozos de barrena que captan acuíferos más profundos suelen mostrar una respuesta más lenta a la sequía, con descensos graduales del nivel piezométrico.
Ejemplo práctico en una explotación mixta
En una finca de 12 hectáreas con almendro en secano mejorado y una pequeña superficie de hortícolas de verano, un pozo excavado de 9 metros funcionó durante años como apoyo al riego. Tras dos campañas secas consecutivas, el nivel bajó hasta el punto de no poder mantener ni el riego de emergencia. El propietario optó por un pozo de barrena a 85 metros, con un caudal más modesto pero estable, que le permitió asegurar el riego de los almendros jóvenes y una franja reducida de huerta, renunciando al resto de superficie hortícola intensiva.
Este tipo de decisiones, cada vez más frecuentes, muestran que la combinación de ambos sistemas (un pozo somero de apoyo y un pozo profundo de seguridad) puede ser una estrategia interesante en fincas con cierta diversidad de cultivos y necesidades de riego escalonadas.
Adaptación a distintos modelos de explotación
No todas las fincas rurales tienen las mismas prioridades. El tipo de pozo más adecuado puede variar según se trate de una explotación orientada al regadío intensivo, a la ganadería extensiva o a un modelo mixto con huerta familiar y pequeños frutales.
Fincas de regadío intensivo
En explotaciones con riego localizado de alta demanda (frutales, hortícolas, viñedo en espaldera), la regularidad del caudal y la previsibilidad a medio plazo suelen pesar más que el coste inicial. En estos casos, los pozos de barrena, bien diseñados y con estudio hidrogeológico previo, encajan mejor con la necesidad de programar campañas completas sin sobresaltos. La posibilidad de automatizar el bombeo y de trabajar con presiones más estables facilita además la gestión de cabezales de riego complejos.
Ganadería extensiva y pequeñas explotaciones familiares
En explotaciones ganaderas extensivas, donde el agua se destina principalmente a bebederos y a un riego muy limitado de praderas o forrajes, un pozo excavado puede ser suficiente si el terreno lo permite y el nivel freático es accesible. La facilidad de mantenimiento y la posibilidad de acceder al interior para pequeñas reparaciones resultan ventajosas en entornos donde no siempre se dispone de servicios técnicos cercanos.
En pequeñas fincas familiares con huerta, frutales y autoconsumo, el equilibrio entre inversión inicial y necesidades reales de agua suele inclinar la balanza hacia soluciones más sencillas, combinando a veces un pozo excavado con sistemas de almacenamiento (depósitos elevados, balsas) para amortiguar las oscilaciones de caudal.
Errores menos evidentes al elegir tipo de pozo
Más allá de los fallos clásicos (no tramitar permisos, no analizar el agua, sobredimensionar el caudal), hay errores más sutiles que condicionan el rendimiento a largo plazo de la captación.
Confiar solo en la experiencia vecinal
Es habitual decidir el tipo de pozo en función de lo que han hecho los vecinos. Aunque su experiencia aporta información valiosa, cada finca tiene particularidades: cambios de litología en pocos metros, antiguos cauces colgados, rellenos de escombros o variaciones en la profundidad del nivel freático. Un pozo excavado que funciona bien en una parcela puede ser inviable en la contigua, y lo mismo ocurre con la profundidad óptima de un pozo de barrena.
Ignorar la evolución futura de la finca
Otro error frecuente es dimensionar la captación solo para las necesidades actuales, sin considerar posibles cambios: ampliación de superficie de riego, incorporación de ganado, instalación de invernaderos o plantación de leñosos que aumentarán la demanda de agua en pocos años. En estos casos, optar por un pozo excavado “justito” puede salir caro si a los tres o cuatro años obliga a perforar un pozo de barrena adicional.
Historias reales que ilustran decisiones distintas
Una balsa que salvó un pozo excavado
En una pequeña explotación de frutales de hueso, el propietario contaba con un pozo excavado de caudal limitado pero muy constante en primavera. En lugar de cambiar a un pozo de barrena, decidió construir una balsa de almacenamiento de tamaño medio y bombear de forma continua en las horas de menor consumo eléctrico. El agua acumulada permitía afrontar los picos de riego de verano sin agotar el pozo. Esta solución híbrida demostró que, en determinados contextos, un pozo excavado bien gestionado puede seguir siendo válido si se combina con infraestructuras de regulación.
De pozo excavado tradicional a captación profunda compartida
En una zona de olivar tradicional, varios agricultores dependían de pozos excavados que, con las últimas sequías, comenzaron a fallar. Tras varios veranos con restricciones informales entre vecinos, optaron por promover un sondeo profundo compartido, con concesión y contador individualizado. Los viejos pozos excavados se mantuvieron como apoyo puntual y para usos secundarios (limpieza, pequeños riegos de huerta). La transición no fue sencilla, pero permitió estabilizar el suministro y reducir conflictos por el agua en la comunidad local.